sábado, 1 de julio de 2017

Sheshonq I - Wikipedia, la enciclopedia libre

Sheshonq I - Wikipedia, la enciclopedia libre






Sheshonq I



Sheshonq I
Faraón de la Dinastía XXII de Egipto
Karnak Tempel 19.jpg

Sheshonq sometiendo a los pueblos enemigos, representado en el templo de Amón en Karnak

Información personal
Reinado c. 945 a 924 a. C.
Predecesor Psusenes II
Sucesor Osorkon I
Familia
Consorte Karoma I y Pentreshmes
Descendencia Nimlot I, Osorkon I, Iuput y Tashepenbaste
[editar datos en Wikidata]
Sheshonq I o Hedyjeperra Setepenra Sheshonq Meryamón, príncipe de Heracleópolis, fue un faraón de origen bereber1 de la tribu libia de los Mashauash.2 Fue el fundador de la dinastía XXII de Egipto y su llegada al trono se ha tomado como inicio del calendario bereber creado por el especialista en cultura bereber Ammar Negadi y publicado a partir de 1980.3 La mayoría de los egiptólogos sitúan su reinado entre -945 y el -924 a. C.,4 durante el Tercer periodo intermedio de Egipto, sin embargo estas fechas han sido revisadas recientemente de -943 a -922, por algunos especialistas, entre ellos Erik HornungRolf Krauss puesto que Sheshonq I habría vivido durante dos o tres años después de la campaña que terminó con éxito en Canaan, tradicionalmente datada como fecha del final en -925.


Manetón lo denominó Sesonjis, según Julio Africano, Sensonjosis, para Eusebio de Cesarea, en la versión de Jorge Sincelo, o Sesoncosis, en la versión armenia, asignándole veintiún años de reinado. Es el Sesaq, el SisacShishak (שִׁישַׁק) en la Biblia.5



Índice

Biografía


Esfinge con su nombre inscrito: Hedyjeperra Setepenra Sheshonq Meryamón. Louvre.

Relieve con las imágenes del dios Amón, Sheshonq I y su hijo Iuput, sumo sacerdote de Amón. Templo de Amón en Karnak.
Bajo la dinastía XXI, los Mashauash, o libios (bereberes), que controlaban las fuerzas armadas del reino, se habían asentado en el delta del Nilo, en torno a Bubastis, hacia el año 1000 a. C. y, paulatinamente, habían extendido sus territorios hasta El Fayum. Sus jefes se convierten en líderes poderosos y el hijo de uno de ellos, Sheshonq I, toma el poder a la muerte de su suegro, Psusenes II de Tanis, y se impone como faraón fundando la dinastía XXII, tomando el poder hacia 945 a. C.


Sheshonq I nombra a Nimlot I, uno de sus hijos, rey de Heracleópolis para que controle el Egipto Medio.
Se rodea de gente absolutamente fiel, que sitúa en puestos
estratégicos, reforzando así el poder real. La reorganización del
territorio se comparte entre los príncipes libios; todos los miembros de
la familia son colocados en puestos importantes y reciben posesiones,
pero esta política va a implicar la división del territorio del delta,
el Bajo Egipto, a partir del siglo VII a. C. Su reinado supone cierto renacimiento, con la construcción de nuevos monumentos. La diosa Bastet, a la que el rey hace erigir en Tebas un gran templo, se convierte, asociada a la diosa Sejmet, en la gran diosa nacional. El culto de otros dioses se abre paso sobre el culto de Amón.


Sheshonq I reanuda la política expansionista: reconquista Palestina y con un ejército compuesto por egipcios, libios y nubios, ataca los reinos de Israel y Judá; lleva a cabo incursiones contra los beduinos de los Lagos Amargos, se apodera de Gaza, toma y saquea Jerusalén en 925 a. C., apoderándose del tesoro de rey Salomón, acontecimiento descrito en la Biblia,6
siendo uno de los primeros sucesos bíblicos históricamente probados:
Sheshonq I hizo grabar sus campañas sobre los muros del templo de Amón,
en Tebas (Karnak).


Restablece relaciones comerciales con Biblos. Deja una estela en Megido y estatuas en Biblos. Concedió asilo a Jeroboam I, primer rey de Israel, forzado al exilio por el hijo de Salomón, Roboam, primer rey de Judá de 931 a 911 a. C.7


Sheshonq se casó con Karoma I y Pentreshmes y tuvo cuatro hijos: Osorkon I, que le sucede, Iuput a quien su padre nombra Sumo sacerdote de Amón en Tebas, principal general de los ejércitos y gobernador del Alto Egipto, Nimlot I, al que designa rey de Heracleópolis para controlar el Egipto Medio, y Tashepenbastet, una muchacha, que se casará con el tercer Sumo sacerdote de Amón en Tebas.


La fecha de fundación de la dinastía XXII marca el inicio del calendario bereber, cuyo primer día, Yennayer, se celebra entre los berberófonos del África septentrional. La propuesta partió del especialista en cultura amazigh Ammar Negadi.3


Testimonios de su época

El rey Sheshonq llevó a cabo un ambicioso programa de construcciones en Tebas y Menfis.8


  • Obras de ampliación en el templo de Amón en Tanis (Arnold 1999: 32).
  • Trabajos de construcción en el templo de Hibe, en el oasis de Jarga (Arnold 1999: 34).
  • Bajorrelieve tallado en el muro sur del templo de Amón en Karnak, que ilustra las victorias del rey (Arnold 1999: 35).
  • Diversos bloques encontrados en varios templos (Tell Balamun, Menfis) (Arnold 1999: 32-33).
  • Varios escarabeos con su nombre (Museo Petrie).

Titulatura

Titulatura Jeroglífico Transliteración (transcripción) - traducción - (referencias)
Nombre de Horus:


G5





E2

D40
C2 U6 S42 N28

D36

f

Aa13
M23

D21
F36

N17

N16


Srxtail2.svg
kȝ nḫt mr rˁ sḫˁ.f m niswt r smȝ tȝ.wy

(Kanajt Meryra Sejaefemenisuter sematauy)

Toro victorioso, Amado de Ra...

(Templo de Amón, Karnak)
Nombre de Nebty:


G16


N28

D36
G17

X1
S5 W19 G5 H8

Z1
Q1

t
O34

R4

p Z1 Z1 Z1

Aa13
R8
 

 
ḫˁ m sḫmty mỉ ḥr sȝ ȝst r sḫtp nṯrw m mȝˁt

(Jaemsejemty mihorsaaset sehotep necheruemmaat)

(Templo de Amón, Karnak)
Nombre de Hor-Nub:


G8


F9

F9
V28 A25

D40
T10

Z1 Z1 Z1 Z1 Z1 Z1

X1 Z1 Z1 Z1
G36

N35

M3
X1 Z1 Z1 Z1

D40

Aa13
N17

N17

N17

V30

Z2
sḫm pḥty ḥwy pḏt 9 wr nḫtw m tȝw nbw

(Sejempehty jupedyut uernejtutaunebu)

(Templo de Amón, Karnak)
Nombre de Nesut-Bity:
Hiero nswt&bity2.png

Hiero Ca1.svg



N5 S1 L1 N5 U21

n


Hiero Ca2.svg

ḥḏ ḫpr rˁ stp n rˁ (Hedyjeperra Setepenra)

Esplendorosa manifestación de Ra, Elegido de Ra

(Templo de Amón, Karnak)
Nombre de Sa-Ra:
Hieroglyph egyptian-Sa-Ra.svg

Hiero Ca1.svg



M17 Y5

N35

N36
M8

M8
N35

N29


Hiero Ca2.svg

ššnḳ mr ỉmn (Sheshonq Meryamón)

Sheshonq, Amado de Amón

(Templo de Amón, Karnak)



Referencias


  • C. Oden, Thomas (2011). InterVarsity Press, ed. Early Libyan Christianity: Uncovering a North African Tradition (en inglés). p. 51. ISBN 9780830869541.

  • Bibliografía

    • Arnold, Dieter: Temples of the last Pharaos. 1999. Nueva York/Oxford
    • Kitchen, K. A.: The third intermediate period in Egypt (1100-650 B.C.) 1986.

    Enlaces externos

    Menú de navegación


  • «Los beréberes o imazighen “hombres libres”. «  CasaLibia». casalibia.es. Consultado el 11 de enero de 2017.


  • «Ammar Negadi, ce symbole amazigh de l’Aurès authentique». Le Matin d'Algérie (en fr-FR). Consultado el 11 de enero de 2017.


  • Cronología de von Beckerath


  • Casiodoro de Reina; Cipriano de Valera (1909). «1 Reyes». Biblia versión Reina-Valera (Wikisource).


  • Casiodoro de Reina; Cipriano de Valera (1909). «1 Reyes». Biblia versión Reina-Valera (Wikisource).


  • Casiodoro de Reina; Cipriano de Valera (1909). «1 Reyes». Biblia versión Reina-Valera (Wikisource).


  • Las raíces de Israel 1896-1948: de la utopía sionista al Estado judío

    Las raíces de Israel 1896-1948: de la utopía sionista al Estado judío












    Las raíces de Israel

    1896-1948: de la utopía
    sionista al Estado judío

    Gabriel Albiac*

    Abstract:
    El nacimiento del Estado de Israel fue —en palabras de Josep Pla, que fue testigo de excepción aquellos primeros años
    de existencia— «uno de los fenómenos más extraordinarios de la
    historia». Contrariamente al estereotipo antisemita de una supuesta
    «potencia judía» que se habría apropiado de una tierra ajena, el
    movimiento sionista ha sido siempre el movimiento nacional del pueblo
    judío desprovisto de apoyos, un pueblo perseguido, víctima de un
    genocidio, al que todos sus vecinos declararon la guerra el mismo día de
    la fundación de su Estado —conforme, no se olvide, a una decisión de la
    comunidad internacional— y que corrió el riesgo de resultar aniquilado
    si se hubiera equivocado al llegar la hora de su decisión histórica. Es
    de esos orígenes, generalmente ignorados, y del significado histórico
    del sionismo, de lo que trata el siguiente artículo de Gabriel Albiac,
    inédito en Internet.



    Como sucede con toda palabra inserta en el ámbito pasional de la
    retórica política, «sionismo» ha acabado por ser un vocablo de
    significación casi inaprehensible. Tratar de reestablecer su contenido
    en términos apodícticos es hoy una tarea poco menos que imposible. O lo
    que es quizás peor, inaudible.



    Para el hablante medio de nuestro final del siglo XX, «sionismo» y
    «antisionismo» componen la pareja nocional contrapuesta a cuyo través
    designar el conflicto árabe-israelí. En las tradiciones de izquierda más
    convencionales, «sionismo» suele ser usado como un sinónimo o una
    variante cualificada de «imperialismo». En las más radicales y en las
    más incultas, se ha podido hablar incluso —bajo el influjo de la jerga
    interna de la OLP— de «fascismo sionista». En todos los casos, la
    designación negativa —«antisionismo»— ha operado funcionalmente como
    la forma lingüísticamente desplazada de un significante no explicitable
    en la segunda mitad de siglo, al menos en Europa: «antisemitismo».



    Tratemos de restablecer el significado histórico del término.



    El sionismo es una ideología política nacida en el medio judío laico
    —preferentemente socialista— europeo a finales del siglo XIX bajo el
    impacto de la oleada antisemita cristalizada en el «asunto Dreyfuss»,
    su ciclo se cierra definitivamente con la realización de su programa
    básico mediante la constitución de un Estado judío en Palestina. El uso
    del término con posterioridad a esa fecha es metafórico y no designa
    ningún movimiento social ni político diferenciable.



    No es banal recordar un par de características ideológicas de ese
    movimiento sionista, formalmente constituido en Basilea en el año 1897,
    antes de pasar a seguir su trayectoria en la fundación del Estado de
    Israel.



    A propósito de ciertos usos impropios del lenguaje, en primer lugar. Es
    muy habitual hallar en la opinión pública una asimilación espontánea
    entre sionismo e integrismo religioso: un tópico reconfortante, que
    asimilaría ortodoxia rabínica con sionismo extremo. Reconfortante y
    falso. Tanto histórica como teológicamente la asimilación entre sionismo
    y tradición rabínica es sin más un disparate. El modelo de
    identificación entre integrismos religiosos y expansionismos
    territoriales sólo es operativo en tradiciones religiosas que hacen del
    proselitismo —que, a su vez reposa sobre una hipótesis de salvación
    universalista— norma ética primera. Es el caso de la tradición
    cristiana —lo era, al menos, en los no tan lejanos tiempos en que los
    cristianos se tomaban en serio su dogmatica— y —con más vigor hoy— del
    Islam. Para el judaísmo «ortodoxo», por el contrario, el proselitismo
    es una perversión teológica infundada. La elección divina del pueblo
    no es, ni metafísica ni teológicamente, compatible con la conversión como
    práctica de masa.



    Por eso conviene llamar a las cosas por su nombre. Y conservar un mínimo
    de memoria histórica. El sionismo no nació en medios rabínicos ni
    «ortodoxos». Fue esencialmente un fruto del judaísmo laico; es más, lo
    fue, en buena parte, de sus tendencias más radicales, más entreveradas
    con el naciente socialismo —los casos de Moses Hess o de Israel
    Zangwill son suficientemente significativos—, desde finales del siglo
    XIX. Su objetivo político, definido por su gran configurador
    doctrinario, Theodor Herzl, en El Estado judío (1896) como
    proyecto de construcción de un Estado judío en la Palestina otomana,
    chocó frontalmente con las posiciones mayoritarias del rabinato de la
    diáspora, que vieron en él una sustitución laica del ideal religioso.



    Hasta el día de hoy en Israel, los sectores más literalistas del
    judaísmo de tradición mesiánica rigurosa siguen rechazando la
    legitimidad de un Estado constituido sin participación trascendente
    alguna. Porque, para un «ortodoxo», el Libro es transparente. No
    habrá Reino mientras no haya Mesías. Todo intento de acelerar su llegada
    es suplantación blasfema de la obra divina. Y eso es precisamente lo que
    el sionista, al consolidar un Estado israelí laico, acomete.



    Las importantes concesiones otorgadas tras la formación de Israel por
    David Ben Gurion a ese rabinato ortodoxo no lograron nunca borrar del
    todo un conflicto básico e irrebasable.



    El fracaso de la «Haskala», el movimiento asimilacionista que intentó,
    primero en Alemania y luego en Rusia una integración plena del judaísmo
    en Europa, y los pogroms de 1819 y 1881, son los presupuestos
    inmediatos del ascenso del movimiento de Herzl en favor del retorno a
    Sión que el Primer Congreso Sionista proclamará en 1897 en Basilea.



    En rigor es preciso hablar de tres grandes oleadas migratorias, de tres
    grandes «aliya» o «ascensos» hacia Jerusalén anteriores a la
    proclamación del Estado en 1948.



    Desde el principio, son los sectores económicamente más desvalidos de la
    comunidad judía mundial los que inician la instalación en Palestina. Muy
    ligados al movimiento socialista y a tradiciones sindicalistas
    combativas, configuran muy temprano —desde 1905— organizaciones
    obreras que cristalizarán en la formación del socialdemócrata
    «Poale-Zion de Eretz-Israel» y del más radical «Hapoel-Hatzair», del
    que surgiría el movimiento juvenil marxista «Hachomer». Sobre todo, se
    forja la «Histraduth Haovdim be Eretz Israel», Confederación Sindical
    de los Trabajadores de Israel que será uno de los ejes mayores del
    cooperativismo y el socialismo israelí.



    Desde inicios de siglo, toda la política de los dirigentes sionistas
    —y, muy en particular, la de Haim Weizmann— estuvo orientada a
    negociar con las potencias colonialistas la obtención de una autonomía
    para la importante población judía en proceso de asentamiento en
    Palestina, fragmento territorial del Imperio Otomano bajo protectorado
    británico.



    La «Declaración Balfour»1 del 2 de noviembre de 1917 es la primera
    expresión de esas negociaciones. Simultáneamente, Weizmann negoció
    acuerdos con el rey Feysal de Arabia, más tarde prolongados en las
    conversaciones con Abdallah de Jordania. El objetivo es la obtención de
    una mínima nación judía soberana coexistente con su contexto árabe.



    A partir de 1920, las relaciones entre los dirigentes sionistas y la
    Administración británica en Palestina se deterioran en función de la
    prohibición británica de nuevas emigraciones judías, y los judíos
    palestinos —tras los importantes pogroms promovidos por la
    población árabe y tolerados por los británicos en 1929 y 1936— pasan a
    estructurarse en organizaciones de autodefensa.



    La Segunda Guerra Mundial y la explícita toma de partido del «mufti» de
    Jerusalén en favor de Adolf Hitler lanzan a la población judía hacia la
    transformación de esas organizaciones de autodefensa en grupos armados
    que dibujarán el núcleo del futuro ejército israelí. «Irgún»,
    «Stern» y, sobre todo, «Palmach» (Ejército popular) y «Haganah»
    (Ejército de defensa), emprenderán, tras el fin de la Segunda Guerra
    Mundial y bajo el trauma del holocausto nazi, la lucha armada contra la
    Administración británica: son las tesis del llamamiento del año 1946 de
    la Conferencia Sionista Mundial para la resistencia contra el «Libro
    Blanco» británico de 1939. La guerra en Palestina ha comenzado.



    Bajo ese doble eje (deuda histórica hacia una población exterminada en
    los campos de concentración y riesgo permanente de guerra civil en
    Palestina), la ONU busca desesperadamente una salida razonable para la
    «cuestión judía». Son ya casi seiscientos mil los judíos instalados en
    «tierra santa» y la tendencia migratoria asciende.



    Un primer plan de partición será esbozado en 1946, luego modificado en
    1947. La formación de dos Estados, uno árabe y otro judío, sobre la
    antigua Palestina otomana es aprobada por la Asamblea General de la ONU
    el 14 de mayo de 1948.



    En su forma final, la resolución de la ONU era escasamente favorable
    para los intereses judíos. Si concedía la existencia de un Estado
    israelí, no es menos cierto que los territorios y fronteras que le
    otorgaban era escasos y pobres los primeros e indefendibles las
    segundas. Basta ponerse ante el mapa trazado por el plan en 1947 para
    captar la dificilísima situación en que un Estado israelí dividido en
    dos fragmentos entrecruzados de adversarios se hubiera visto para
    sobrevivir.



    David Ben Gurión acepta, sin embargo, de inmediato los términos de la
    resolución y proclama la independencia de Israel. La Liga Árabe los
    rechaza y llama a la guerra santa. La primera guerra árabe-israelí ha
    comenzado. Y, con ella, la tragedia del pueblo palestino.



    Noventa mil soldados egipcios, iraquíes, sirios y jordanos atacan a los
    setenta mil guerrilleros de la «Haganah». El resultado no puede ser
    más funesto para los intereses de la población árabe palestina. Contra
    todas las previsiones, los paramilitares de la «Haganah» barren a los
    ejércitos regulares árabes. Del territorio inicialmente fijado por la
    ONU para la formación de su Estado propio, los palestinos verán, como
    resultado de la guerra, apropiarse, por un lado a Israel, por otro a los
    países árabes limítrofes. El Estado hebreo incorporará así 6700
    kilómetros cuadrados sobre lo previsto y establecerá una línea de
    frontera menos inverosímil aunque aún militarmente muy vulnerable: en su
    parte más estrecha, el Estado hebreo no es, en 1948, sino una franja de
    14 km entre Cisjordania y el mar. Egipto se apoderará de Gaza. Jordania,
    de la Samaria bíblica o Cisjordania, que componía la fracción esencial
    del territorio previsto por la ONU como Estado palestino.



    El armisticio que da fin a la guerra en 1949 consagrará un mapa político
    esencialmente distinto del previsto por la comunidad internacional.
    Palestina ha muerto antes de haber comenzado a existir. 850.000 de sus
    habitantes inician su largo exilio. El mundo árabe, bajo proclamas
    retóricas más o menos lacrimógenas, se desentiende materialmente de
    ellos. Aún en 1956, Ahmed Chuqueiri, futuro presidente de la OLP, podía
    proclamar, con el general consenso árabe como «público y notorio que
    Palestina no es más que Siria del sur».2











    *
    Gabriel Albiac es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y Catedrático de Filosofía en la misma universidad. En 1988 fue Premio Nacional de Literatura (Ensayo) con La sinagoga vacía, un ensayo sobre algunas de las figuras más heterodoxas de la comunidad judeoespañola exiliada en Amsterdam durante el siglo XVII. Este artículo se publicó originalmente en el diario El Mundo. Posteriormente apareció en una antología de artículos de Gabriel Albiac publicados en dicho periódico, titulada Otros mundos y editada por Páginas de Espuma en 2002. Es la primera vez que este artículo se publica en Internet. Aparece en esta Biblioweb con el permiso expreso de su autor. [N. de la Biblioweb]
    1
    La Declaración oficial del Foreign Office británico, que estaba encabezado por Lord Arthur Balfour, iba dirigida a Lord Rothschild, el gran benefactor sionista, y decía lo siguiente: «El gobierno de Su Majestad ve con buenos ojos el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y prestará sus mejores empeños para facilitar el logro de este objetivo, sobrentendiéndose claramente que nada debe hacerse que pueda menoscabar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina, o los derechos y el estado político disfrutado por los judíos en cualquier otro país.» Posteriormente, el Mandato británico para Palestina incluyó la Declaración de Balfour que, específicamente, se refería a «las conexiones históricas del pueblo judío con Palestina» y a la validez moral de «reconstituir su hogar nacional en ese país». El Mandato fue formalizado por los 52 gobiernos de la Liga de las Naciones el 24 de julio de 1922. [N. de la Biblioweb]
    2
    No se trata ni mucho menos de un caso excepcional: años antes, el representante del Supremo Comité Árabe ante las Naciones Unidas había presentado una declaración a la Asamblea General en mayo de 1947 que decía que «Palestina era parte de la Provincia de Siria» y que «políticamente, los árabes de Palestina nunca fueron independientes en el sentido de formar una entidad política separada». Antes de la partición, en 1937, los palestinos tampoco se veían como una identidad nacional. Por ejemplo, un líder árabe local, Auni Bey Abdul-Hadi, le dijo a la Comisión Peel, la que finalmente recomendó la partición de Palestina: «¡no existe tal país [como Palestina]! ¡'Palestina' es un término que inventaron los sionistas! No hay ninguna Palestina en la Biblia. Nuestro país fue durante siglos parte de Siria». Y en el Primer Congreso de Asociaciones Musulmano-Cristianas, que se reunió en Jerusalén en 1919 para elegir representantes de Palestina a la Conferencia de Paz de París, se adoptó la siguiente resolución: «Consideramos Palestina como parte de la Siria árabe, ya que nunca se ha separado de ella en ninguna época. Estamos conectados con ella por vínculos nacionales, religiosos, lingüísticos, naturales, económicos y geográficos.» [N. de la Biblioweb]

    Este documento ha sido convertido desde
    LATEX por HEVEA para
    la Biblioweb.

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